Guardianes de la Conciencia

La pregunta que dio origen a mi búsqueda

Para empezar, diré que mi apellido es italiano. Miele. Significa miel. Solo puedo suponer que mis antepasados estuvieron metidos de algún modo en el comercio de la miel. Cuando nací, a hora y media de la ciudad de Nueva York, me bautizaron de inmediato como católico romano, igual que a mi padre antes que a mí, y a su padre antes que a él, y así hacia atrás, estoy seguro, hasta los días en que mi familia vivía en una colonia griega llamada Agrigento, en la isla de Sicilia. Todos los que conozco por el lado de mi padre son católicos romanos, con excepción de unos primos ítalo-irlandeses, que son católicos irlandeses. Esto no quiere decir que yo sea experto en catolicismo, ni mucho menos. Mi madre es bautista y me criaron entre dos mundos, pero conozco la religión y tengo, por vía familiar, algo en juego.

Dicho eso, este texto nació del deseo de encontrar respuesta a una pregunta que llevaba tiempo dándome vueltas en la cabeza, relacionada con una acusación que escucho con frecuencia sobre la francmasonería. Aclaro que esta es mi búsqueda, lo cual significa que hablo únicamente por mí y que cualquier opinión aquí vertida es solo mía. Como antiguo no masón, conozco bien las teorías de conspiración que se dicen sobre la Orden, las del ocultismo y la dominación mundial y todo ese asunto tan entretenido. No quiero detenerme en ninguna de ellas aquí, más allá de decir que la mayoría me parecen ridículas, pero sí noté que, de todas las instituciones que miran con sospecha a la francmasonería, la Iglesia católica es la más terminante y persistente, con condenas que abarcan casi tres siglos, y quise saber por qué.

Las explicaciones habituales sobre adoración al diablo, o la intención típica detrás de la palabra "luciferino", nunca me satisficieron. Nada de eso concuerda con mi experiencia real en la Logia, donde los hombres se edifican unos a otros y se apoyan para llegar a ser mejores hombres. Para que yo tomara en serio esas acusaciones de "ocultismo", tendría que aceptar que los hombres de familia, educados y bienintencionados con quienes he compartido Logia durante la última década son adoradores secretos del demonio, o que son participantes ingenuos y poco despiertos de una visión infernal de gobierno mundial, sugerencias que, como dije, me parecen ridículas. La animosidad hacia la Fraternidad, entonces, según mi razonamiento, tiene que fundarse en otra cosa. ¿En qué?

Después de dedicarle un tiempo al asunto, me parece que la disputa de la Iglesia con la Orden no tiene en su raíz nada que ver con el ocultismo, que es probablemente la acusación que más escucho. Tiene que ver con la conciencia del hombre y con quién ejerce autoridad sobre ella. La Iglesia católica ha sostenido, a lo largo de toda su historia, ser el único camino entre el hombre y Dios, la única depositaria de la verdad y la mediadora necesaria del alma misma del hombre, y durante buena parte de su historia defendió esa posición con violencia. La francmasonería, sin haberse propuesto jamás oponerse a la Iglesia católica, hace algo que la Iglesia no puede tolerar. La masonería reúne como iguales a hombres buenos de toda fe y de todo país, y trata la conciencia de cada hombre como suya y de nadie más. Le devuelve el hombre a sí mismo y lo deja decidir qué es lo mejor para su propia alma. Esa, he llegado a creer, es la verdadera raíz de tres siglos de condena.

Una condena veloz y total

El veintiocho de abril de 1738, el papa Clemente XII promulgó una bula pontificia titulada In Eminenti Apostolatus, y con ella la Iglesia católica condenó formalmente a la francmasonería. Todo católico que ingresara a una Logia quedaba excomulgado, apartado de los sacramentos y de la Iglesia misma. La absolución quedaba reservada al papa únicamente. La condena sigue vigente hoy.

Un articulo de la prensa Vaticana.

La primera Gran Logia masónica se había fundado en Londres apenas en 1717. Las Constituciones de Anderson, el documento que dio a la masonería organizada su forma moderna, aparecieron en 1723. De modo que la Iglesia actuó contra la Orden apenas dos décadas después de que esta tomara forma oficial, y solo quince años después de que tuviera un reglamento. Monseñor Ernest Jouin, sacerdote católico francés, en un discurso pronunciado el 8 de diciembre de 1930, se preguntaba si alguna herejía en la historia de la Iglesia había sido enfrentada con una condena tan veloz. La respuesta es que en esencia no. A Roma le tomó siglos definir su respuesta a más de un "error" antiguo, según su propia manera de ver las cosas. Le tomó quince años moverse contra los masones.

Mi pregunta ahora era: ¿por qué?

In Eminenti Apostolatus

La primera de muchas condenas de la Iglesia contra los Masones.

  1. Las razones que dio Roma

En In Eminenti Apostolatus, Roma da cuatro razones para condenar a la francmasonería.

La primera: Clemente advierte que la francmasonería amenaza con irrumpir en la casa de Dios como los ladrones, como "zorras que buscan destruir la viña". Eso es todo. Eso es la totalidad de la primera acusación.

La segunda: las Logias reúnen a "hombres de cualquier religión o secta", conformes con la mera probidad natural, y los unen como hermanos. Por ahora basta con notar que la ofensa aquí no es que los masones hagan el mal. La ofensa es que masones de distintas religiones se traten unos a otros como iguales. Volveremos en un momento a por qué eso aterraba a Roma, pero antes...

La tercera: el secreto. Las Logias obligan a sus miembros, bajo juramento, a callar sobre lo que ocurre entre ellos. Ese silencio, razona Clemente, es condenatorio en sí mismo. "Está en la naturaleza del crimen delatarse a sí mismo", escribe, y por lo tanto el secreto de las Logias las ha vuelto objeto de sospecha para todos los hombres rectos, "pues si no obraran el mal, no tendrían tanto odio a la luz". Dicho de otro modo, el hombre honrado no tiene nada que esconder.

La cuarta: sociedades de este tipo perturban la paz del Estado y ponen en peligro la salvación de las almas. En el fondo, si el secreto prueba la culpa, entonces la reunión culpable tiene que ser un peligro.

Ahí están, los cuatro cargos originales contra la francmasonería. La acusación de robo me parece únicamente un insulto y un intento de sembrar miedo en el lector. No creo que debamos dedicarle mucho tiempo aquí. La mezcla de religiones la dejamos apartada por el momento, y la perturbación de la paz es apenas una inferencia sacada del secreto. Lo que le da al documento apariencia de justicia en esta condena, en lugar de mera hostilidad, es el argumento del secreto. Si los masones no hicieran el mal, no cerrarían las puertas de sus reuniones.

Habiendo condenado a los masones por esconderse, mientras mantenía cerradas al público las puertas de su propio concilio, Clemente pasa a lo que ha de hacerse con ellos. Ordena que los obispos y los "inquisidores de la herejía" busquen a los miembros de estas sociedades y "procedan contra" ellos como hombres gravemente sospechosos de herejía. Luego concede a esos inquisidores la facultad de recurrir al "auxilio del brazo secular" para perseguirlos y castigarlos. El brazo secular, en este caso, es la maquinaria del Estado puesta a disposición de la Inquisición, los tribunales y los carceleros y, en aquella época, el fuego.

Para resumirlo, en una página la Iglesia declara que los hombres honrados no se esconden y que el secreto de los masones es prueba de su maldad. En la siguiente, la Iglesia entrega al inquisidor y al verdugo la autoridad para cazar a esos mismos hombres, respondiendo así a la pregunta de por qué los hombres tuvieron que esconderse en primer lugar.

Hombres de todas las religiones

Volvamos a la idea de que la Iglesia condenó a las Logias porque reunían a hombres de toda fe y los unían como hermanos.

La Iglesia no acusó a los masones de crueldad, ni de robo, ni de violencia, ni de blasfemia. Los acusó de fraternidad. La ofensa es que un católico, un protestante y un judío se arrodillaran en la misma sala, se llamaran hermanos y buscaran juntos lo divino sobre la base de su decencia compartida y no de su credo compartido. Para la mayoría de los hombres eso sonaría a descripción de la virtud, aunque no para Roma.

Extra ecclesiam nulla salus. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Cristo era el único mediador, la Iglesia era su cuerpo en la tierra, y la gracia que salvaba un alma corría por ese cuerpo y por ningún otro canal. Un hombre no llegaba a Dios por ser bueno ni por edificar su templo interior. Llegaba a Dios a través de la Iglesia exterior. Todo otro camino no llevaba a ninguna parte, o a algo peor.

Si la salvación corre únicamente por la Iglesia, entonces una sala donde hombres de toda fe se encuentran como iguales es una herejía silenciosa, porque trata a esas otras religiones como si no estuvieran condenadas. La Logia sencillamente se comporta como si la situación de un hombre ante Dios fuera asunto suyo, resuelto entre él y su propia conciencia, y no propiedad exclusiva de una institución. Trata al protestante y al judío no como almas por corregir, sino como hermanos ya enteros en sus propios caminos. Al hacerlo declara, sin decir jamás una palabra contra Roma, que un hombre bueno es un hombre bueno ante cualquier altar en que se arrodille.

Representacion de una Logia Francesa en sesion.

La Iglesia llama a esto indiferentismo. El tratar todas las religiones como si la diferencia entre ellas no decidiera el destino de un hombre. Una Iglesia cuya autoridad entera descansa en ser el único camino necesario no puede sobrevivir a las demostraciones de lo contrario, y eso era la Logia para ellos. Era la prueba viviente de que su monopolio sobre la conciencia resultaba innecesario. Ahí estaban hombres sobrios y rectos, unidos en verdadera hermandad, encontrando sentido y comunión y buscando la luz de lo divino sin que la Iglesia mediara en nada de ello. La condena de 1738 no fue una respuesta a nada que los masones le hubieran hecho a la Iglesia. Fue el reconocimiento, veloz y certero, de lo que la Logia era en realidad, un lugar donde la conciencia de un hombre le pertenecía a él.

Lo que les ocurre a los que son vistos

La Logia aprendió a guardar silencio porque la masonería está llena de hombres brillantes que estudian la historia y cuentan con la ventaja de la retrospectiva.

En los primeros siglos del cristianismo, antes de que la Iglesia endureciera su fe en una sola ortodoxia con una sola jerarquía, los gnósticos fueron una secta cristiana que sostenía que el hombre podía conocer a Dios directamente. La palabra que usaban era gnosis, conocimiento, no el conocimiento de segunda mano de una doctrina recibida de una autoridad, sino el conocer de primera mano de lo divino encontrado dentro de uno mismo. Enseñaban que la chispa de lo divino ya estaba presente en cada persona y que la salvación consistía en despertar a ella, no en invitarla a entrar ni en someterse a una institución. Precisamente por eso no se le podía permitir subsistir. Conforme la Iglesia consolidó su autoridad, los escritos gnósticos fueron declarados herejía y se ordenó destruirlos. Tan completa fue esa destrucción que durante dieciséis siglos conocimos a esos cristianos casi por entero a través de la propaganda de los hombres que los condenaron y acabaron con sus prácticas religiosas. Así fue hasta que se descubrieron los textos de Nag Hammadi.

Una pagina rota del Nag Hammadi.

En las colinas del sur de Francia, en los siglos doce y trece, vivió un pueblo que también había llegado a su propia comprensión de Dios, los cátaros. Eran asimismo cristianos a su manera, pero no habían llegado a su fe por medio de Roma. Sostenían que el espíritu y la luz eran buenos y que el mundo material era el dominio de las tinieblas, y vivían conforme a esa convicción con una austeridad que avergonzaba al clero acaudalado que los rodeaba. Igual que los gnósticos, veneraban su propia luz interior y la consideraban una conexión directa con lo divino.

En 1209 el papa Inocencio III convocó una cruzada contra los cátaros. Cuando por fin los cruzados llegaron al pueblo de Béziers, se toparon con un dilema. El pueblo albergaba tanto a católicos como a cátaros y los soldados no podían distinguirlos. Mátenlos a todos, se dice que respondió el legado papal. Dios reconocerá a los suyos. El pueblo fue entonces incendiado hasta los cimientos y los muertos se contaron por miles.

Después, en la fortaleza montañosa de Montségur, en 1244, durante esa misma campaña de décadas contra los cátaros, unos doscientos cátaros que no quisieron renunciar a su fe fueron conducidos ladera abajo y quemados vivos, juntos, en una sola gran pira. Fueron los últimos de los suyos. Un pueblo entero fue borrado por venerar su propia luz interior, su propia conexión interior con lo divino tal como ellos la entendían, sin pasar por la autoridad de Roma. Raphael Lemkin, el hombre que más tarde acuñaría la palabra genocidio, se remontó a esta cruzada como uno de los ejemplos más claros de ello en toda la historia religiosa.

Expulsión de los cátaros de Carcasona en 1209

Eso fue apenas el comienzo, por desgracia. La maquinaria construida para cazar cátaros no se desmanteló cuando ellos desaparecieron. Se convirtió en la Inquisición, un aparato permanente para la detección y el castigo de la creencia. La Inquisición existía para vigilar la frontera de lo que a un hombre le estaba permitido pensar sobre Dios. No le importaba tanto lo que un hombre hacía como lo que creía, y reservaba su terror para quienes creían mal. Un tribunal que respondía a Roma podía citar a un hombre bajo sospecha de crimen de pensamiento, arrancarle la confesión mediante tortura y entregarlo a las autoridades seculares para que lo quemaran vivo, todo por el delito de sostener que a lo divino se podía llegar por algún camino que la Iglesia no hubiera trazado y aprobado. Durante siglos ese aparato operó por toda Europa y, con el tiempo, del otro lado del océano en los nuevos dominios de la Iglesia, y enseñó una lección que se metió hasta el tuétano de todo hombre que buscara a Dios en sus propios términos.

Podría llenar un libro con estos genocidios y torturas perpetrados por la Iglesia, pero ya hemos visto lo suficiente para trazar un patrón. El gnóstico con su conexión interior con lo divino, el cátaro con su luz interior, las beguinas y muchos otros, en cada caso la ofensa es en su raíz la misma. Buscaban lo divino, o se les acusaba de buscarlo, sin pasar primero por la Iglesia, y en todos y cada uno de los casos la respuesta de la Iglesia fue la misma, entregar a los herejes el fuego infernal del que la Iglesia era supuestamente enemiga jurada.

Ahora quizá tengamos alguna idea de por qué los masones, con su realización interior y su atención puesta en el crecimiento interior y en la luz interior, pudieron haber decidido pasar al secreto. Llevaban adelante tradiciones antes abiertas y no secretas que habían demostrado producir no solo la muerte, sino el genocidio en tierras bajo control católico. Los masones se volvieron secretos no porque sus obras fueran malas, sino porque habían visto, durante cientos de años, exactamente lo que la Iglesia hacía con quienes no guardaban esa luz debajo del celemín.

Los guardianes en la piedra

¿A dónde fueron a parar los misterios?

La tradición gnóstica de la luz interior fue aplastada. Lo mismo puede decirse de los cátaros. Hubo, sin embargo, un portador de la luz interior que Roma no pudo tocar, los constructores. Desde que Egipto levantó sus pirámides y Salomón levantó su templo, los misterios han sido edificados en la piedra por las manos de los canteros. Así que cuando la Iglesia se alzó para cazar a los guardianes de la luz interior, de la conexión interior y directa con lo divino, se encontró con uno al que no podía quemar. Roma necesitaba catedrales, y solo los constructores sabían levantarlas.

Un cantero, en las edades de la fe, era poseedor de un cuerpo de conocimiento que casi nadie más en la tierra tenía, la geometría por la cual un edificio de piedra podía elevarse hacia el cielo sin venirse abajo. Ese conocimiento era sagrado. Trazar una catedral, o un templo, o una pirámide, era trabajar en proporción, en razón, en las figuras que sus antiguos predecesores ya habían comprendido como la gramática oculta de la creación. Los maestros canteros de la edad gótica levantaron sus catedrales sobre la vesica piscis, la forma de almendra nacida de dos círculos que se cruzan, y sobre proporciones que consideraban la firma de lo divino en la materia. Estaban, en palabras de un estudio, edificando la geometría de lo divino en piedra y vidrio.

La vesica piscis y parte de la geometría que se encuentra en su interior

Las piedras que dejaron, sin embargo, nos dicen que los constructores mismos también guardaban los misterios sagrados. La verdadera herencia del masón, junto con la geometría, fue la iniciación ritual, las lecciones impartidas en ella, el paso de un hombre por grados a través de la preparación, la prueba y la revelación, y la edificación del templo no hecho por manos, que para muchos masones es un viaje interior hacia la luz interior. Eso, junto con la geometría, es lo más antiguo que la Orden lleva consigo, y es lo que la ata a todos aquellos a quienes la Iglesia estuvo quemando vivos durante siglos.

Los antiguos ritos de Eleusis y de Egipto, que se sostuvieron durante casi dos mil años, no eran doctrinas. Eran iniciaciones. El candidato era preparado, purificado, conducido a la oscuridad y llevado, a través de una muerte simbólica, a una vida nueva. En el corazón de casi todos ellos había un mismo drama, una figura abatida y levantada de nuevo. Osiris es asesinado y restaurado. Perséfone cae al inframundo y regresa. El iniciado no escuchaba doctrina sobre el paso de la oscuridad a la luz. Lo caminaba, y el propósito de toda la prueba era el conocimiento directo de lo divino. Esto es exactamente lo que la Iglesia no podía tolerar, y exactamente aquello de lo que creyó haber librado al mundo cuando destruyó los textos gnósticos y exterminó a los cátaros.

El ritual central de la francmasonería es ese mismo drama. En el tercer grado el candidato toma el papel de Hiram Abif, el maestro constructor del Templo de Salomón, abatido por ladrones y luego levantado por la mano de un maestro. Representa una muerte y una elevación, que son un proceso interior. Albert Mackey comparó la iniciación masónica directamente con los ritos antiguos de Egipto, señaló en ambos el mismo patrón triple de purificación, iniciación y perfección, y vio en la elevación de Hiram la vieja figura de Osiris muerto y restaurado. Quizá sea más que una simple coincidencia que la Gran Pirámide esté dividida en tres secciones, con un gran arco que conduce a la tercera cámara, la cual contiene un sarcófago sin tapa. El misterio más profundo de todos los tiempos, llevado ahora en una Logia.

Nadie puede probar un ritual ininterrumpido transmitido intacto desde un templo del Nilo hasta una Logia en Misuri, y buena parte del ritual tal como los masones lo practican hoy tomó su forma moderna apenas en siglos recientes, pero el núcleo del asunto es antiguo, la iniciación por grados, el paso por la oscuridad, la muerte y la elevación, las lecciones contenidas en ellas, y la búsqueda de un conocimiento que tiene que experimentarse en lugar de recibirse. Esa forma es la forma de los misterios. Ese núcleo es antiguo. Lo que los masones guardaban en secreto y llevaban adelante era cómo conducir a un hombre hasta su luz interior. Incluso la Santa Biblia contiene en sus páginas más de una historia de muerte y renacimiento. El patrón está ahí, a la vista de todos.

Los canteros que levantaron las catedrales, los constructores que trazaron el templo de Salomón en las proporciones sagradas que la Orden todavía venera, los arquitectos de los templos y las pirámides del mundo antiguo, todos trabajaron a partir de la misma plancha de trazar, la naturaleza. En cada época, los hombres que construían los templos tenían que poseer y conocer el diseño sagrado, y el diseño sagrado fue siempre algo más que la construcción de templos físicos. Era el conocimiento de la relación entre el hombre, su interior, el cosmos y lo divino. Era el conocimiento de cómo edificar el templo interior. Ese conocimiento tiene un guardián, y su guardián ha sido siempre el masón, en todas las culturas, en todos los lugares, en todos los tiempos. No se puede edificar el misterio dentro del templo si uno mismo no lleva consigo el misterio. El constructor es el guardián, necesariamente, siempre, tanto en sentido literal como metafísico.

Pasajes interiores de la Gran Pirámide de Guiza, según el estudio de John y Morton Edgar en 1909.

Los hombres que levantaron las grandes casas sagradas del mundo tampoco compartían sangre ni credo. Los constructores de las hermosas mezquitas geométricas de Irán trabajaron en una civilización y en una fe. Los constructores del Tabernáculo y del templo de Salomón, en otra, y los constructores de las catedrales góticas, en una tercera, separados por miles de kilómetros y miles de años. Sin embargo, por encima de todos ellos corre el mismo misterio, la misma reverencia por la proporción sagrada, el mismo trato de la construcción como acto sagrado, la misma comprensión de que un templo levantado en la medida justa es un modelo del cosmos y del alma. Los guardianes de ese conocimiento fueron egipcios y hebreos y griegos y árabes y cristianos, y eso daba lo mismo, porque la luz que llevaban pertenecía a todos, y se la entregaron a todos en piedra cuando no podían decirla en voz alta. No es de extrañar que los hombres que llevan estas tradiciones místicas, a través de culturas, lenguas y siglos, se llamen hermanos entre sí.

A estas alturas debería quedar claro que el templo que los masones edificaban en piedra nunca fue el objeto final. Era la imagen de tu templo interior. Cuando Jesús estuvo en el templo de Jerusalén, dijo a quienes lo rodeaban que destruyeran ese templo y que en tres días él lo levantaría, otra muerte y otro renacimiento. El Evangelio de Juan explica que no había hablado del edificio en absoluto, sino del templo de su cuerpo. En otro lugar Jesús les dijo que el reino de Dios no se encuentra en ningún sitio que se pueda señalar, sino que está dentro de ustedes. El mensaje de fondo en ambos casos es el mismo. Lo sagrado no está allá afuera, en la piedra, en el cielo, en la institución, en el edificio levantado por manos. Está adentro. El templo es el hombre. El templo eres tú. Así que cuando pasó la era de las catedrales y las logias operativas se volvieron especulativas, la Orden reveló por fin abiertamente lo que había estado haciendo todo el tiempo de manera simbólica. Dejó el cincel físico y tomó la obra de levantar el templo interior, el labrado del hombre en bruto hasta volverlo digno de contener lo divino.

El símbolo original de Cristo, la vesica piscis.

Roma persiguió este conocimiento durante mil años sin atrapar jamás a sus guardianes más verdaderos, y sus guardianes más verdaderos, curiosamente, eran los hombres a quienes pagaba para construir sus catedrales. Los misterios que creía haber quemado hasta extinguirlos en los gnósticos y en los cátaros habían viajado a su lado todo el tiempo, cifrados en la piedra sobre sus cabezas, representando creencias sostenidas por hermanos de toda nación que nunca habían dejado de llevar la luz. Cuando aquellos gremios se convirtieron en las Logias públicas y especulativas que hoy conocemos, y los guardianes de los misterios salieron de detrás de la puerta cubierta para quedar a la vista como una Fraternidad de todas las religiones dedicada a edificar el templo interior, la Iglesia supo exactamente qué tenía enfrente. No estaba mirando una herejía nueva. Estaba mirando la más antigua de todas, una que precede en miles de años a su propia definición de herejía. Los guardianes de la luz que nunca había logrado atrapar habían salido por fin de los andamios y estaban de pie a plena vista.

Catedral de Salisbury. Se alcanza a ver la vesica piscis dibujada en el techo y en las columnas.

Conclusión

Así que ya tengo mi respuesta.

La Iglesia católica no teme al masón porque adore demonios. Lo teme porque es el último heredero vivo de algo muy poderoso que la Iglesia intentó matar. Durante mil años Roma sostuvo que el camino hacia Dios pasaba por una sola puerta, la suya, y persiguió a todo aquel que pensara distinto. Uno por uno fueron borrados, asesinados hasta que la Iglesia pudo creer que el trabajo estaba terminado. Entonces, en 1738, levantó la vista y vio al viejo enemigo todavía en pie, reunido ahora en una Fraternidad de todas las religiones, en todos los continentes, que se llamaba a sí misma la Orden, enseñando otra vez que un hombre puede buscar lo divino directamente y que su conciencia le pertenece. Más importante todavía para los fines temporales de la Iglesia, muchos dentro de la Orden habían hecho suya también la idea de la separación entre la Iglesia y el Estado, y estaban llevando esos ideales a la práctica por todo el mundo, lo cual será el tema de la Segunda Parte.

La Iglesia condenó a la Fraternidad en quince años, más rápido de lo que había condenado casi cualquier herejía en su historia, porque ya sabía exactamente qué tenía enfrente, y tenía miedo. Eso es todo. ¿Quién es dueño de la vida interior de un hombre? ¿Quién es dueño de sus pensamientos? ¿Quién es dueño de la conexión de un hombre con su Dios? La Iglesia respondió que la Iglesia. El masón responde que el hombre.

Los hombres que ingresan a una Logia no están tramando nada. Por supuesto que esta es una afirmación general y no puedo hablar de las intenciones de todos, pero en su mayoría están buscando y caminando hacia la luz de la mejor manera que conocen. Jesús lo dijo mejor que nadie. Pidan y se les dará. Busquen y encontrarán. Llamen y se les abrirá. Eso es lo que estamos haciendo. La luz pertenece a quien la busque, sin necesidad de mediador.

Hay una segunda mitad de esta historia. Tras no haber logrado quemar la luz interior del mundo de los hombres, la Iglesia viviría para ver cómo los hombres que llevaban esa luz le arrancaban, pieza por pieza, el poder terrenal que había pasado siglos acumulando. Pendientes de la caída de la Iglesia en la América española.

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Fuentes y créditos de imágenes

Fuentes

Clemente XII. In Eminenti Apostolatus Specula (bula pontificia). Roma, 28 de abril de 1738.

Jouin, Ernest (Mons.). Discurso del 8 de diciembre de 1930.

Bonifacio VIII. Unam Sanctam (bula pontificia). 1302.

The Nag Hammadi Library in English. Ed. James M. Robinson. Leiden: Brill, 1977.

Lemkin, Raphael. Lemkin on Genocide. Ed. Steven Leonard Jacobs. Lanham: Lexington Books, 2012.

Mackey, Albert G. An Encyclopedia of Freemasonry. 1873.

La Santa Biblia. Juan 2:19-21; Lucas 17:21; Mateo 7:7.

Condena vaticana : https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20231113_richiesta-cortes-massoneria_en.html

Créditos de imágenes

Portada: ilustración original.

In Eminenti (1738), portada: Vaticano, dominio público, vía Wikimedia Commons.

Tenue au XVIIIè Siecle: http:ledifice.net, dominio público, vía Wikimedia Commons.

Cátaros / Cruzada albigense: Taller del Maestro de Boucicaut, dominio público, vía Wikimedia Commons.

Catedral gótica y vesica piscis: Diliff, CC BY-SA 3.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0, vía Wikimedia Commons.

Groenbaek Kalkmaleri detalje: user:Nico-dk / Nils Jepsen, CC BY-SA 3.0 http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/, vía Wikimedia Commons.

Vesica piscis aire: Robert FERREOL, CC BY-SA 4.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0, vía Wikimedia Commons.

Interior de la Gran Pirámide: John y Morton Edgar, dominio público, vía Wikimedia Commons.


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